martes, 8 de febrero de 2011

Su carrera la hizo fundamentalmente en submarinos durante buena parte de la Guerra Fría.

Y en dos ocasiones diferentes contribuyó a evitar una guerra nuclear entre las superpotencias; una vez deteniendo personalmente y en solitario el lanzamiento de un torpedo nuclear que hubiese podido provocar el armagedón.
El hombre que salvó al mundo

La primera vez que Archipov evitó una catástrofe nuclear fue a principios de mayo de 1961, como segundo de a bordo del submarino de misiles balísticos soviético K-19. El K-19 era un submarino nuclear de la clase Hotel que tuvo una carrera plagada de accidentes, colisiones y problemas.

El 4 de julio de 1961 se encontraba al sur de Groenlandia cuando tuvo un serio accidente nuclear que estuvo a punto de provocar su explosión y pérdida. La catástrofe sólo se evitó sacrificando a siete miembros de la tripulación, que fueron enviados con trajes protectores insuficientes a improvisar un segundo circuito refrigerador del reactor. Una buena parte de la tripulación y casi todo el buque quedaron contaminados con radiación, y los marineros a punto estuvieron de amotinarse.

Archipov, que resultó ligeramente contaminado, respaldó al capitán Nikolai Vladimirovich Zateyev durante el accidente y el largo y accidentado regreso. Se considera que de haberse hundido el K-19 en aquel momento y posición la flota soviética podría haberlo considerado como una causa de guerra.

Pero su lugar en la historia está asegurado por la segunda vez que evitó una catástrofe nuclear. Ocurrió a finales de octubre de 1962 en aguas cercanas a Cuba, donde Archipov estaba como segundo de a bordo del submarino diesel B-59, de la clase Foxtrot. La crisis de los misiles de Cuba estaba en su apogeo, y los EE UU habían establecido un bloqueo naval de la isla caribeña.

El B-59 y otros tres barcos hermanos tenían órdenes de llegar hasta Cuba y establecer secretamente una base de submarinos. Pero los EE UU estaban decididos a impedir que el régimen castrista y sus huéspedes soviéticos recibiesen refuerzos. Se inició así un letal juego del ratón y el gato, en el que destructores estadounidenses lanzaron cargas de profundidad para obligar a emerger a los submarinos que detectaban, para identificarlos.

Uno de ellos fue el B-59, que tras un prolongado bombardeo acabó por salir a la superficie, sus baterías exhaustas; allí fue fotografiado por los destructores estadounidenses, tras lo cual se retiró. Lo que los oficiales de los EE UU no sabían es que el B-59 y sus hermanos llevaban a bordo torpedos antibuque nucleares, y permiso para usarlos.

Y mucho menos sabian que, durante el ataque al B-59, el capitán del submarino, con los nervios destrozados, había ordenado armar uno de esos torpedos nucleares, es decir, prepararlo para su disparo. La decisión de alistar un arma nuclear y utilizarla había sido dejada por Moscú en manos de la tripulación, pero con una salvaguarda: era necesaria la aquiescencia de los tres oficiales de mayor rango.


Así evitó que el mundo terminara en una película de Termitator...

No hay comentarios:

Publicar un comentario